Columna de opinión

Especies sociales: ¿Cómo sobrellevamos el aislamiento?

Compartimos con la comunidad Favet esta columna de opinión, escrita por la profesora Tamara Tadich, académica del Departamento de Fomento de la Producción Animal, para el portal web ChileCientífico.

Los gatos son poco sociales, por lo que pueden estresarse por la presencia constante de nosotros durante la cuarentena o por modificación de sus espacios.

Las consecuencias para la salud física que puede traer el SARS-CoV-2 han sido ampliamente difundidas, pero, es necesario que también pongamos atención a aquellas que resultan de las medidas que se han tomado con el objetivo de frenar la pandemia. Los efectos del encierro en nuestra salud mental aparecen como un factor fundamental a la hora de enfrentar esta inédita situación. La experiencia de animales domesticados y en cautiverio pueden ofrecernos aprendizajes para enfrentar este desafío (y reevaluar el bienestar de estos mismos).

Nos gusta estar en grupo. Aún el más introvertido, tras un mes de cuarentena voluntaria, ha debido reconocer que extraña la interacción humana y que reemplazarla con videollamadas familiares, juegos en línea (y en tiempo real) o, simplemente, con más horas en whatsapp puede no ser suficiente. Esto es porque el ser humano es un especie social, de aquellas que tienden a vivir en grupos compuestos por varias familias.

En los animales estos grupos se llaman rebaños, ejemplo de ellos son los bovinos (vacas) y ovinos (ovejas) , mientras que en  los equinos tropilla, en los perros jauría y, en el caso de las personas, comunidad. 

Que seamos una especie social significa que seguimos ciertas normas dentro del grupo (rebaño, manada, jauría, etc), asignando responsabilidades y roles a cada integrante, lo que permite formar comunidades estables. Otras especies, como el gato doméstico, no son tan sociables y, de tener que vivir en grupos, prefiere hacerlo con miembros de su familia. Los gatos pueden estresarse al ver que usamos o modificamos sus espacios y por la presencia constante de nosotros durante la cuarentena.

Cuando vivimos en sociedad aparecen conductas dirigidas a otros miembros del grupo, como la cooperación, el egoísmo, el altruismo, las agresiones y el cuidado. Por ejemplo, los delfines, lobos y hormigas colaboran entre ellos para obtener su alimento. Otras especies, como el murciélago de nariz lanceolada y las suricatas, cooperan en el cuidado parental, donde algunos integrantes, muchas veces las hembras, dejan de realizar alguna de sus actividades e invierten esa energía y tiempo en el cuidado de las crías de otros individuos no familiares directos. Actúan como verdaderas  niñeras, al igual como nosotros los humanos que compartimos el cuidado parental con abuelas y niñeras para poder salir a trabajar. 

¿Qué pasa cuando aislamos a un individuo inherentemente sociable?

Existen muchas especies de animales a las que hemos obligado a dejar de vivir en sociedad, la mayoría de las veces para nuestra conveniencia. Por ejemplo, en el caso de los caballos (equinos), los sementales se mantienen en pesebreras o corrales, separados del grupo.

Si reducimos el espacio de un caballo a una pesebrera sin nada en su interior, especie que normalmente recorre grandes distancias y pasta por más de 18 horas al día, empezará a presentar alteraciones conductuales y de salud mental. 

En confinamiento no pueden satisfacer sus necesidades conductuales, en particular aquellas altamente motivadas, es decir, aquellas que son propias de la especie y cuya restricción trae consecuencias negativas para su fisiología y salud mental. Por ejemplo, para las gallinas darse baños de polvo es una conducta altamente motivada, una actividad que realizan de manera sincronizada en el grupo y que no pueden llevar a cabo cuando están en jaulas sin sustrato. 

Una manifestación frecuente, asociada a estos ambientes poco favorables, son las conductas estereotipadas como caminar en círculos, balancear la cabeza o realizar aerofagia. Esta última conducta se refiere a cuando los equinos fijan sus incisivos superiores a una superficie y realizan una contracción de los músculos del cuello que les permite ingresar aire hasta la primera porción del esófago.

Otros trastornos del comportamiento incluyen agresividad ya que, al no poder socializar ni realizar las conductas para las cuales está adaptado, pueden redirigir esas emociones negativas en forma de conductas de amenaza o ataque hacia las personas u otros animales. También, dependiendo de su personalidad, pueden empezar a presentar conductas depresivas y dejar de responder al medio.

Debemos tener presente que los animales sociales que mantenemos en cautiverio también pueden sufrir por el aislamiento social y experimentar emociones negativas. Al igual que nosotros durante una cuarentena podríamos descubrir un nuevo detalle particularmente molesto y reiterativo en nuestra pareja, sentirnos irritados por un cuadro que está mal alineado o hastiarnos de no variar la alimentación tanto como quisiéramos.

¿Y si obligamos a las personas a un aislamiento social? 

Los casos más estudiados de personas que son aisladas socialmente, corresponden a las ingresadas a la cárcel. Generalmente el ambiente en prisión no es el óptimo desde el punto de vista de satisfacer las necesidades de interacción entre individuos (desde una mirada biológica y psicológica). Celdas aisladas, segregadas y otras veces hacinadas; muchas veces con falta de limpieza y sin actividades estimulantes; la convierte en ambientes desafiantes para los internos. En consecuencia, este tipo de ambientes desafiantes provocan el llamado distrés ambiental en especies sociales como los humanos. El de las cárceles lo podemos evaluar a través de herramientas que miden la presencia de elementos que son esenciales para las personas; como la privacidad, seguridad, certezas, asistencia, apoyo social, actividad física y autonomía. 

En el caso de internos(as) se ha estudiado el desarrollo de agresividad, irritabilidad, aburrimiento, depresión mayor, desórdenes de ansiedad, entre otros. A su vez, se ha visto que aquellos que llevan más tiempo recluidos comienzan a crear ambientes colaborativos y estables, mientras que los recién ingresados presentan más inestabilidad y agresividad.

¿Qué podemos hacer?

Tanto en el caso de los animales bajo nuestro cuidado, como para las personas, es necesario proveer ambientes más complejos, que les den la oportunidad de tomar decisiones sobre lo que ocurre en este, realizar actividad física, tener estimulación sensorial y, de preferencia, interacciones con otros individuos de su misma especie (aunque algunos como el perro son más flexibles en cuanto a quien los acompañe), así como la posibilidad de aislarse o estar fuera de vista si así lo desean. 

El enriquecimiento ambiental es una herramienta fundamental que permite modificar el contexto del animal para promover la ejecución de conductas positivas o reducir aquellas negativas. Este debe diseñarse en función de las necesidades de la especie y modificarse cada cierto tiempo para que los individuos no se habitúen demasiado rápido.

Los humanos también podemos partir por enriquecer nuestro ambiente, introduciendo diversas modificaciones como objetos, olores, sonidos, o generando compañía con individuos de la misma u otras especies (por ejemplo, las mascotas).

La empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, es probablemente el efecto positivo de esta crisis sanitaria. El aislamiento nos ha llevado a apreciar más el valor de cada integrante en la comunidad y, al mismo tiempo, nos obliga a reflexionar sobre cómo elegiremos mantener a esas especies de animales sociales que hoy confinamos para nuestra conveniencia.

Link columna

https://chilecientifico.com/como-sobrellevamos-el-aislamiento/

 

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